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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Una de las películas que más me gusta de los Coen es Muerte entre las flores. No sólo su reinterpretación y homenaje al cine de gánsteres con gotas de cine negro sino la forma en la que está contada engancha al espectador. Así la historia está narrada bajo el punto de vista de Tom (Gabriel Byrne), el hombre de confianza del gánster Leo (Albert Finney), el dueño y señor de una ciudad americana poco antes del crack.

Los Coen aplican todos los ingredientes de una buena película negra de gánsteres y además cuidan, junto al director de fotografía Barry Sonnenfeld, la manera de desarrollarnos esta historia, la puesta en escena. Nos encontramos con ecos de La llave de cristal (aquella película de los cuarenta que contribuyó a convertir en leyenda a Alan Ladd y Veronica Lake) que adaptaba además a Dashiell Hammett cuyo espíritu planea por Muerte entre las flores.

Al igual que Alan en aquella película, Gabriel Byrne recibe continuamente palizas durante el largometraje… pero él siempre, hombre duro, vuelve a levantarse una y otra vez… y los golpes no anulan su capacidad de estrategia y pensamiento… Aunque juegan a su favor el azar y la suerte y su propia melancolía y desencanto ante el ser humano y ante sí mismo.

Muerte entre las flores es una película muy rica en matices, referencias y análisis. Casi imposible de abarcar en una reseña, sí permite apuntar la punta del iceberg. Como en una buena película de gánsteres no faltan las bandas rivales, sus correspondientes jefes y sus segundos, fieles. El conflicto es lo que hace saltar la guerra entre bandas. Diálogos certeros. Lealtades y traciones. Códigos de honor propios. Un especial tratamiento visual de la violencia. La mujer fatal. Los triángulos amorosos. Amores imposibles. Los bajos fondos. El desencanto. La amistad… y un humor negro presente en los Coen (jefe de policía y alcalde en los despachos de los distintos gánsteres… cambian de chaqueta según sienten quién es el más fuerte…).

La propia narración es compleja, como muchas buenas películas de cine negro con argumentos intrincados y laberínticos. Personajes, nombres, tramas, oscuridades y trampas. Azar, destino, inteligencia, estrategia, manipulación, personajes oscuros…

… son muchas las escenas que se quedan grabadas. Porque los Coen nos cuentan cinematográficamente una historia potente. El espectador queda envuelto visualmente por una puesta en escena inolvidable. Una de las más nombradas es el intento de asesinato del gánster Leo. Y es que una vez que la ves no la olvidas. En el cine de gánster éstos tienen un carisma que los hace atrayentes incluso a pesar de su brutalidad. Es uno de los grandes misterios del cine… cómo crea una imagen atrayente del mal. Así durante los años 30 preocupó este tipo de cine porque los espectadores se identificaban más con los gánsteres que con los ‘buenos’. Es un punto que merece un atento análisis e interpretación. Los Coen presentan a Leo en su mansión, en su cama, tumbado apaciblemente, fumando un puro y escuchando una hermosa canción en su tocadiscos. Pero Leo es perro viejo e intuye y escucha cómo unos matones suben las escaleras de su mansión. La música no deja de sonar. El apacible y tranquilo Leo (así le hemos conocido) apaga su puro… y vuelve a coger su metralleta y la agilidad de un hombre de acción… y ante la mirada perpleja del espectador ve cómo él solo se enfrenta a todos aquellos que quieren asesinarle además de quemar su mansión. Con una hermosa música de fondo y un Leo con metralleta y batín, asesina a todos sus matones. Es una maravilla cómo está contada visualmente esta escena.

Su manera de narrarnos cinematográficamente la historia… de presentar a los personajes no pasa desapercibida. Así el conflicto de la película empieza por un personaje: Bernie (un John Turturro espectacular), el hermano de Verna (Marcia Gay Harden), la mujer fatal (o no tan fatal… en el cine negro o de gánster nada es lo que parece o nada es tan fácil como creemos) que protagoniza un triángulo amoroso con Leo y Tom.

La primera vez que aparece Bernie en casa de Tom es como si fuera una aparición, un fantasma. Tom está en su cuarto, suena un teléfono, se sienta en el sillón, tarda en cogerlo… y justo hay un cambio de plano, se enfoca a otro sillón donde ya está sentado Bernie. Es como digo una aparición.

… Las apariciones de Bernie, un John Turturro increíble, deja escenas potentes como su famoso paseo hacia la muerte en Miller’s Crossing… y su súplica continua de ¡Mira en tu corazón! Bernie protagoniza además el segundo triángulo amoroso de la función. Entre él, Mink (un etéreo Buscemi… Mink es ese personaje fundamental de la trama pero que es el gran ausente…) y el matón y segundo de la banda rival.

El fetichismo hacia el buen cine negro y el de gánsteres… la importancia que toma el sombrero de Tom. Las gabardinas, las metralletas, las mansiones, los locales, los matones, las matanzas, las redadas… El fatalismo y el desencanto del personaje protagonista, Tom, que a pesar de los pesares le persigue la suerte y el azar aunque termine sin mujer fatal, sin mejor amigo, y sin enemigo… Más solitario que ninguno.

Tom ha caminado en la cuerda floja entre su mejor amigo y jefe Leo y el enemigo, el gánster rival de origen italiano (Jon Polito). Recibe golpes de unos, de otros, y además es un jugador empedernido con deudas (por lo que también recibe tundas). Tom aparece en cada fotograma y el espectador ve cómo le sigue la suerte… no sabemos si es estratega o simplemente el azar está siempre de su parte… pero le seguimos en su aventura vital y en su correría tras ese sombrero soñado que se niega a perder.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Hoy hace 100 años que nació Richard Brooks: director y guionista (de los buenos)… entre otras cosas. Y entre todas sus películas elijo hoy para un pequeño homenaje Los profesionales. Una película de tipos y tipas duras con diálogos absolutamente geniales. Una película entretenida y vital… y el colmo del romanticismo. Una película de frontera. De revoluciones y causas perdidas. ¡Viva México!

“La revolución no es una diosa sino una mujerzuela; nunca ha sido pura ni virtuosa ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero sólo son asuntos mezquinos. Lujuria pero no amor, pasión pero sin compasión. Y sin un amor, sin una causa, no somos nada. Nos quedamos porque tenemos fe. Nos marchamos porque nos desengañamos. Volvemos porque nos sentimos perdidos. Morimos porque es inevitable”.

Los profesionales del título son cuatro, que ya se nos presentan desde los títulos de crédito… cuatro hombres duros, cuatro románticos, a su manera. Cuatro mercenarios, cuatro hombres con sus propios códigos y principios. El dinero no es lo que más los mueve y sí una cierta libertad de movimientos y un cierto desencanto… Y un sentido de la amistad, de la palabra dada, del trabajo bien hecho, de la fidelidad y el orgullo de sentirse bien con ellos mismos. Y las frases geniales de diálogo (guion Richard Brooks…) inundan cada uno de los fotogramas. Cada uno de ellos es profesional en un campo: uno es dinamitero, otro es estratega y bueno con las metralletas, el otro es el mejor con los caballos, y el de más allá es todo un rastreador y con buenísima puntería con el arco.

Cuatro profesionales que tienen el rostro de cuatro actores con carisma. Cuatro tipos duros: Lee Marvin, mi adorado Burt Lancaster, Robert Ryan y Woody Strode (que en el dvd le hacen el feo de estar su imagen en la carátula y sin embargo ignorar su nombre…). Estos dos últimos son más testigos y acompañantes de la historia narrada, ellos miran y entienden lo que va ocurriendo junto a los espectadores.

Toda película de este tipo arranca con una misión en un principio clara: un anciano y rico terrateniente busca a los mejores mercenarios para que rescaten a su joven mujer secuestrada por Jesús Raza, el cabecilla de una banda de revolucionarios mexicanos. Entre los mercenarios americanos, dos de ellos —Rico y Bill o Marvin y Lancaster— lucharon años atrás junto a Pancho Villa y junto a Raza (por lo tanto conocen al secuestrador, el idioma y el territorio —saben vivir en el desierto y otros lugares inhóspitos— en el que se mueven).

Pero nada es tan fácil o tan claro como parece. Y descubren otra cosa cuando van a por María, la joven esposa. Son testigos de una historia de amor y revolución. Y como dice Lancaster en un momento a Ryan en las revoluciones (o en otras situaciones vividas) el problema es no saber quiénes son los buenos. Y los cuatro duros desencantados vuelven a ilusionarse con que quizá no esté todo perdido… y aunque siguen pareciendo tipos duros dan la vuelta a la historia. Una historia que había empezado por dinero.

Así al texano millonario (Ralph Bellamy… el bueno de mi ‘futuro’ esposo en Luna nueva) le queda claro que no todo se puede conseguir con dinero… y que tan sólo es un maldito bastardo. Y que a unos tipos duros no se les puede comprar. Y que en el fondo son unos románticos. Y que la revolución no ha muerto del todo. Los antagonistas de esta historia tienen más puntos de unión con los profesionales que aquellos que los han contratado. Así se producen relaciones, diálogos e historias increíbles entre estos profesionales y Jesús Raza (ay, mi querido Jack Palance), o Chiquita, la guerrillera (Marie Gomez) o la joven esposa (una hermosísima y sensual Claudia Cardinale).

Así los ojos de los espectadores van emocionándose ante cada una de las escenas que aporta aventura, camaradería, amor y revolución. Y Brooks no sólo regala buenos diálogos sino una puesta en escena entre deslumbrante e intimista con unas gotas crepusculares. Los espacios abiertos toman importancia pero también lo que se ve tras una puerta o entre los vagones de un tren. Y cada uno de los actores aporta su carisma: no falta la fisicidad de Lancaster con su eterna sonrisa, la elegancia de movimientos de Strode, la voz profunda de Marvin o la melancolía en la sombra de Robert Ryan. Avanzan con sus caballos, tanto en una cortina de viento y arena, bajo la luz del sol o en las noches frías. Entre disparos, filosofías y sudores Los profesionales se apoderan de la mirada de un espectador ávido de aventura y romanticismo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

A Christian del Moral porque me descubriste la serie y no he parado hasta que he podido verla

 

Una serie de televisión

Mildred Pierce ha sido una perseguida y deseada serie de la HBO por servidora. Y cuando ha llegado a mis manos y he podido disfrutar sus cinco horas (cinco capítulos)… la espera ha merecido la pena. Todo lo que voy a escribir ahora es de un único visionado (y mucho antes de verla he leído bastante de lo que se ha escrito sobre ella)… pero sé que volveré a verla varias veces. Es de esas series que son cine. Que perfectamente pueden ser visionadas en pantalla gigantesca. Su lenguaje es el cinematográfico. Todd Haynes sigue indagando y abriendo caminos al melodrama. Como ya hizo en el largometraje Lejos del cielo donde volvía a meterse en los códigos del melodrama de Douglas Sirk tamizados en el siglo XXI.

Me imagino Mildred Pierce de Todd Haynes en una pantalla de cine en la sala oscura. Porque es una macropelícula. Recuerdo proyectos televisivos que luego han sido proyectados en la sala oscura (a veces en dos partes, otras en una versión adaptada al cine, es decir, un montaje con menos duración). Hace poco comentábamos Fanny y Alexander. Otro ejemplo fue La mejor juventud. Y quizá uno de los casos más recientes fue Carlos de Olivier Assayas (otra obra que tengo muchísimas ganas de hincarle el diente).

Mildred Pierce es una adaptación de una novela de James M. Cain (que me voy a leer en breve… aunque ahora no lo encuentro) y ya existía una notable versión cinematográfica de 1945 que catapultó de nuevo la carrera de Joan Crawford. Aquí se tituló Alma de suplicio. Y fue dirigida por Michael Curtiz… el de Casablanca. Curtiz aprovechó todo el meollo de la novela y además tuvo en cuenta la especialidad de Cain (en el mundo de las letras), la novela negra. Así mezcló de manera, para mí, muy acertada un cine negro y desesperanzado con el melodrama más exacerbado. E incluyó, para más negrura, y más complejidad de las almas… un asesinato. La reseña que hice en su momento se encuentra aquí.

Todd Haynes, sin embargo, toma con fuerza una etapa histórica: la depresión económica (algo con lo que el espectador actual va a empatizar así como con las situaciones que vive el personaje protagonista…), el ambiente, y las relaciones de Mildred Pierce… y se va por los derroteros de un melodrama pausado y elegante… con escenas de intensidad que conducen al espectador a la catarsis (un melodrama que no provoca catarsis… no es un buen melodrama).

Los únicos peros que se me ocurren es que en cinco horas no se puede permitir que ciertos personajes estén poco perfilados o desarrollados (diría que son más intensos en la de Curtiz). Personajes de un potencial increíble que saben a poco. Es uno de los aspectos que más cuesta en el cine del siglo XXI. Frank Capra, el propio Curtiz, Lubitsch, Ford… y sus guionistas eran capaces de construir un personaje secundario (y por supuesto el actor que lo representaba) aunque sólo apareciese un minuto… Y el otro pero es el transcurrir del tiempo… son diez años pero a veces no está tan claro ese paso del tiempo (cuando más claro se ve es por el paso de Veda de niña a adolescente).

Un buen melodrama siempre tendrá una banda sonora que merezca la pena. La música es importante en el desarrollo de la trama. Y la música es un elemento narrativo en la serie (que creará alguna de las escenas más hermosas como la primera vez que Mildred oye cantar a Veda en la radio). Además su banda sonora es exquisita tanto la banda sonora original para la serie como la selección de melodías y canciones que suenan a lo largo de los distintos episodios. Además de una buena ambientación Haynes crea una puesta en escena, una forma de rodar, que hace que no puedas retirar los ojos de la pantalla. El espectador sigue a Mildred Pierce a través de las puertas, ventanas, pasillos, tras los coches, dentro de su coche-refugio, espejos… Tiene una iluminación maravillosa. Y la inspiración de Haynes y su director de fotografía Edward Lachman (con el que ha trabajado más veces) ha sido la mirada de Saul Leiter (un deleite mirar sus fotografías)… Pero también ambos amantes del cine se fueron a los años setenta: al momento del nuevo cine americano y a la nueva lectura de géneros… y al trabajo de Gordon Willis. Una nueva lectura de los géneros desde una distancia que permite una observación intensa y fría pero que genera fuertes emociones… Willis estuvo presente en El padrino, El último testigo, Todos los hombres del presidente, Llega un jinete libre y salvaje o en algunas de las películas más emblemáticas de Woody Allen. Pero sí, hay en Mildred Pierce una cierta mirada del nuevo cine americano de los setenta. Como un Robert Altman y Los vividores o un Michael Cimino y La puerta del cielo (que puede considerarse el final de este tipo de mirada).

Crisis económica

¿Por qué un regreso de Mildred Pierce? Porque va a existir una identificación total del espectador con la ‘heroína cotidiana’ que vive en plena crisis económica y social. El lenguaje de Mildred va a ser reconocible por el espectador que sufre la crisis de hoy. El paro, el desamparo, la búsqueda de empleo, la lucha de clases (que aunque se empeñen en decir que no existe sigue existiendo), la búsqueda de soluciones, problemas sociales, familiares, la supervivencia…

Mildred Pierce, esposa y madre

Mildred Pierce presenta varias caras y lecturas de una mujer en una época concreta. Mildred Pierce presenta varias caras en un espejo. Y esas caras aún hoy son reconocibles. Mildred Pierce es una Kate Winslet que dibuja distintos matices a su personaje y lo mima hasta el final. Mildred Pierce es una madre y esposa que al principio de la historia, en el primer capítulo, sufre la descomposición familiar por varias circunstancias: un marido sin trabajo, un marido infiel, una situación económica y social insostenible… de la noche a la mañana su acomodada vida de ama de casa (que de vez en cuando realiza tartas) se cae en pedazos. Sus ambiciones para ella y sobre todo para sus hijas se derrumban. Se convierte en mujer divorciada con dos hijas que mantener y sin trabajo. Empiezan las visitas a la oficina de empleo, la búsqueda de trabajo (no siente todos los trabajos igual…, siente que trabajar en algunos puestos supondrá bajar de estatus social), el dolor de pies, la desesperanza, el miedo a no poder mantener a sus hijas… Al final se pone un uniforme (con lo que esto quiere decir para ella) y empieza a trabajar en un restaurante de barrio.

Mildred Pierce, empresaria

Mildred Pierce como mujer observadora y emprendedora a partir de su empleo como camarera empieza a aprender el negocio. Y ve el provecho que puede sacar a las tartas y a sus dotes culinarias. Al final se convierte en una empresaria con visión de negocio que crea una cadena de restaurantes peculiares de ambiente elegante. Y cada vez irá adquiriendo más dinero (más socias, dos amigas del alma… qué finalmente y lástima que sean dos personajes que no llegan a desarrollarse totalmente pero que en determinados momentos muestran la fuerza de la solidaridad entre mujeres y su espíritu práctico frente a los hombres en tiempos de crisis), más poder y más visión. Sin embargo nuestra heroína cotidiana es una mujer de carne y hueso… y su obsesión por la clase social, por no ser vulgar, por ser elegante, y porque su hija Veda pertenezca a un mundo que ella nunca ha alcanzado… la hará perder la visión de negocio y derrochará a favor de su hija y en detrimento de la cadena de restaurantes (además de sufrir alguna que otra traición). Pierde el norte. Logra salir adelante y crear un pequeño imperio pero también vuelve a caer. Pero Mildred ya se ha transformado y esta caída no será igual que la primera ruptura de su estatus.

Mildred Pierce… y los hombres

En la vida de Mildred hay tres hombres con los que establece tres tipos de relación diferentes. Aquí además se muestra un punto interesante que en la versión de 1945 era menos explícito y es el reflejo de la vida sexual de Mildred, su personal revolución e independencia así como también la exploración y apertura de pensamiento. Después de su divorcio descubre que su marido (con el que había caído en la rutina y también en el agobio por la situación de crisis) es su mejor amigo y apoyo. Una relación que culminará en segunda oportunidad para ambos. Está contada con sencillez, naturalidad y cariño.

Con el primero que se relaciona, después de volver a ser una mujer ‘libre’ es con un personaje curioso y complejo (y no el mejor desarrollado… y es una lástima porque el personaje tiene mucha pero que mucha miga). El amigo y socio del esposo (se da a entender que no jugó limpio con el esposo en el mundo de los negocios cómo no terminará jugando limpio con Mildred. Él tiene claro que el negocio es el negocio…) que la ayudará a dar sus primeros pasos en el mundo empresarial y se convertirá en un amante (no muy creativo). Sería algo así como el concepto, actualmente de moda, de ‘follamigo’ (fea palabra pero muy gráfica). Es el hombre de transición.

Y por último, cuando se convierte en mujer poderosa, se encuentra al aristócrata venido a menos (al cual también le ha afectado tremendamente la crisis) que se convierte en el ‘mantenido’ pero no pierde su ‘clase’ en las relaciones sociales, de cara al exterior. Y el sentirse en el mundo de Beragon a Mildred la seduce mucho. El hombre con elegancia que además le abrirá a la protagonista todo un mundo de sensaciones, sensualidad y sexo. Monty Beragon lo representa perfectamente Guy Pearce. Mildred se creerá enamorada pero cuando sufra una de las mayores traiciones verá una relación de poder y deseo.

Mildred y Veda

Pero la columna vertebral de todas estas caras de mujer. Lo que define la evolución del personaje es su relación con una antagonista poderosa: su hija Veda. La relación compleja que construyen ambas a lo largo de los años difíciles será el motor del melodrama (además de las cosas cotidianas de la vida de Mildred, como heroína del día a día). La personalidad de Mildred que contribuye también a la formación de la difícil (e insoportable) personalidad de su hija mayor pone sobre la mesa como el amor de madre produce serpientes. ¿Quién es la culpable del deterioro de la relación madre-hija? El espectador sentirá más empatía hacia Mildred pero no es totalmente inocente en la transformación de una hija (de niña Morgan Turner, de adolescente poderosa Evan Rachel Wood) que pone más interés en el estatus social, en la apariencia, en el éxito absoluto, en el poder, en el dinero… La compleja relación de ambas va creando los distintos clímax y momentos catárticos de la trama. Sus peleas y reconciliaciones van haciendo avanzar la trama y el destino de Mildred Pierce. Son madre e hija, son rivales, son víctimas y verdugos… son todo un abanico de posibilidades.

Mildred Pierce muestra un rico mundo de miradas e interpretaciones que exigen más de un visionado además de disfrutar de una buena narración cinematográfica. Me alegro de habérmela encontrado en mi camino…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

“Aquella noche me partiste el corazón”.

A veces las películas más sencillas son las que más te llegan. Las que sientes más cercanas a experiencias vividas. ¿A quién no le han roto el corazón en alguna ocasión antes de los 20? ¿Quién no ha vivido amores no correspondidos? ¿Quién no ha imaginado o no ha vivido un reencuentro? ¿Quién no ha tenido miedo a arriesgarse? ¿Quién no se ha arriesgado?

Juan Vicente Córdoba parte de un mundo íntimo, de un mundo de los recuerdos, de la memoria… Juan Vicente Córdoba  revive un relato, un poema, unas canciones, unos barrios…

Juan Vicente Córdoba se recrea en la nostalgia. En una mirada atrás. Y en la posibilidad de las segundas oportunidades. De arriesgarse de nuevo. Juega con material sensible.

Juan Vicente Córdoba recrea también con sensibilidad. La historia de dos adolescentes que se hacen daño, sin quererlo. Y su posterior encuentro, cuando ya están en una fase de la vida en que pueden mirar atrás… Y no saben tampoco lo que les espera mañana.

Juan Vicente Córdoba se vale de dos balcones. Y surge una buena historia de amor. Buena porque te llega. Del chico de barrio, Vallecas. Y de la chica bien del centro de la ciudad. Y como no un Madrid vivo… que sabe bien lo que es la vida de barrio. Del barrio de los alrededores… del barrio en el centro de la ciudad. De los paseos. Los baretos de toda la vida, los descampados, las ferias, los pequeños comercios, las cafeterías, las vías del tren, las calles estrechas (y maravillosas… preciosas, qué rincones), mis amadas librerías (como con los cines cuando cierra una librería de barrio… me inunda la tristeza)…

Y suenan dos canciones que me siguen encantando. A cántaros de Pablo Guerrero y Lucía de Joan Manuel Serrat. ¿Hay algo más bonito que recibir un libro de alguien anónimo con una dedicatoria hermosa? “Si alguna vez la vida te maltrata, acuérdate de mí, que no puede cansarse de esperar aquel que no se cansa de mirarte”. Como no palabras de un poeta, Luis García Montero, que escribió otro poema que inspiró a Almudena Grandes para realizar un cuento El vocabulario de los balcones… que ambas creaciones ‘tocaron’ a Juan Vicente Córdoba que se inspiró en ellos para ‘pintar’ su mundo particular de recuerdos auténticos. Y es eso lo que se respira en esta película… Un aire de autenticidad, de recuerdo y memoria. Del reflejo de una época.

Así desde la primera escena de esta película, con puesta en escena sencilla y sin complejidades, te inmiscuyes en esa historia de reencuentro entre Lucía y Juan, dos adultos que arrastran desilusiones (y también logros y sueños). Y a través de los flash back que a veces son la memoria de Juan y otras la de Lucía. Y a base de miradas… recuperamos con ellos su historia de amor… y nuevas oportunidades para enmendar corazones heridos.

Dos balcones, unas cuantas miradas, muchos recuerdos, dos corazones rotos… Juan Vicente Córdoba también ‘bebe’ del cine. Y nos trae un poco de aquel cine del extrarradio, del cine quinqui, del cine que reflejaba los barrios y sus bandas sonoras que lo mezcla e inspira con un cine elegante e intimista. Los peinados imposibles de los setenta con los pantalones campana, los chalecos o cazadoras vaqueras, o esas botarras de taconazo… con la luz bonita de un atardecer o anochecer en un barrio del centro de Madrid, en una calle estrecha que incita al paseo. Con esos balcones que sólo tienes que levantar un poco la vista para deleitarte con ellos. Con un Madrid soleado o un Madrid con lluvia. Un cine intimista, un cine que le inspira, Juan Vicente Córdoba nombra en los créditos de su primer largometraje a Kieslowski… y viene a la memoria una de las partes de su decálogo, No amarás. Por una historia de amor entre balcones o ventanas (pero no han sido los únicos balcones o las únicas ventanas que nos han contado historias de amor a través del cine…).

Y como toda película sencilla nos llega más si nos llegan sus actores. Así nos dejamos llevar por las miradas adultas y adolescentes de Juan y Lucía… a través de los ojos de Gary Piquer y Andrés Getrúdix y de Silvia Munt y Cristina Brondo.

Juan Vicente Córdoba nos permite viajar entre la nostalgia, la tristeza, la memoria y el recuerdo… pero también a la posibilidad de un mañana…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Hoy Hildy cumple un año más.

Y sigue soñando con películas

Y sigue soñando con estar al lado de la buena gente. Que la hay.

Y sigue soñando con que otro mundo es posible.

Ahora más que nunca.

Antes no había ni siquiera esa certeza. De una posibilidad.

Espera que la frase no se convierta en tópico.

 

Hoy Hildy cumple un año más.

Y seguirá delante de la gran pantalla blanca.

Ávida de imágenes en movimiento.

Ávida de historias.

Ávida de mirar.

 

Hoy Hildy cumple un año más.

Y en su cabeza surge Charlot por camino interminable.

Un cohete en el ojo de la luna.

Una navaja que rasga un ojo.

Un hombre al pie de las escaleras que grita el nombre de una mujer.

Una mujer frente un espejo desmaquillándose mientras una lágrima se desliza por su ojo.

Dos mujeres y un niño esperando el fin del mundo por el planeta melancolía…

 

Hoy Hildy cumple un año más.

Y espera continuar tecleando, tecleando, tecleando.

Con ritmo y sin pausa.

Compartiendo miradas y pensamientos.

 

Hoy Hildy cumple un año más.

Y entre todos los pequeños planes…

el que más le apetece es entrar en una sala de cine

y ver, quizá, una buena película.

 

Hoy Hildy cumple un año más.

Y quizá viaje a su cinema paradiso particular…

para alcanzar cada día una luna nueva a la que asomarse…

 Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Siempre se hablan de otras parejas cinematográficas… pero nos olvidamos de algunas que cuando trabajaron y se proyectaron frente a la pantalla blanca crearon una química especial. Éste es el caso de Barbara Stanwyck y Fred MacMurray que fueron protagonistas de tres películas inolvidables y alcanzaron la inmortalidad sobre todo con una de ellas. Pero merece la pena realizar una sesión cinematográfica y disfrutarles porque además reflejaron tres tipos de parejas muy diferentes y fueron tremendamente creíbles y maravillosos en sus recreaciones.

La ladrona alocada y el fiscal campechano. Screwball comedy

El primero que los juntó en la pantalla blanca fue Mitchell Leisen en 1940 en una screwball comedy (menos alocada y más comedia romántica) encantadora, Recuerdo de una noche. La carrera y la vida de un serio (e inocente) fiscal se ven removidas y alteradas por una atractiva ladrona. Él es Fred MacMurray y ella no podía ser otra que Barbara Stanwyck.

Así el espectador vive con los protagonistas una primera parte con los ingredientes del screwball comedy donde ambos realizan un alocado ‘viaje’ de regreso al hogar (entre todas las vicisitudes coinciden en que son vecinos de localidades cercanas). De la ciudad al mundo rural. Una segunda parte en el hogar del fiscal donde el espectador es testigo de una historia de romanticismo y enamoramiento. Una comedia navideña y familiar. Y una tercera parte, el regreso-el fin del viaje que lleva a los protagonistas al melodrama más triste.Y lo que consiguen Barbara y Fred es que nos creamos a esta pareja. La película tiene escenas inolvidables y diálogos geniales… además de la puesta en escena de un siempre interesante Leisen, nos encontramos con un guion de Preston Sturges.

Mantis religiosa y hombre-víctima. Cine negro

Curiosamente el segundo que les junta en pantalla es Billy Wilder, que había escrito varios guiones para Leisen. Los une cuatro años más tarde en puro cine negro, Perdición. La novela que sirve de fondo es de James M. Cain con un guion del propio Wilder y de un escritor también de novela negra Raymond Chandler. Y ahí nos encontramos con el honrado y gris vendedor de seguros que se enamora perdidamente de una mantis religiosa, esposa de un cliente. Mujer con pulsera en el tobillo, gafas de sol y una melena rubia con flequillo… Mujer que arrastra a un destino fatal al agente de seguros de vida ordenada. La mantis religiosa altera la vida del hombre-víctima pero para arrastrarle (porque quiere, nunca lo olvidemos) a un final trágico.

Así Wilder de manera magistral envuelve al espectador a una historia de loco amor, muerte y destino fatal que ponen rostro unos magistrales Barbara y Fred. La química vuelve a funcionar.

La mujer trabajadora solitaria y el burgués aburrido. Puro melodrama

Por último es Douglas Sirk, especialista sobre todo en melodramas, el que vuelve a unirlos en 1956. Siempre hay un mañana es un bello melodrama contenido y cotidiano. Donde nos cuenta el encuentro entre un hombre de familia burguesa de clase media que se ahoga en la monotonía que choca con una ilusión, la visita de un antiguo amor del pasado, una mujer independiente y trabajadora (que ha renunciado al amor por el éxito profesional). De nuevo Barbara y Fred vuelven a estar creíbles y con la química intacta.

El espectador vive la ilusión del encuentro, la posibilidad de un mañana distinto que cambie el rumbo de sus vidas, la imposibilidad de esa esperanza y la separación de ambos. Es decir ese triste paso que hace que ninguno de los dos quiera desmelenarse y apostar por un futuro nuevo. Ambos se quedan como estaban. ¿Es un final feliz?

Las tres películas me devuelven una y otra vez una pareja cinematográfica que me encanta… que trabajaron en buenas historias y supieron crear en cada momento a la pareja adecuada. Parejas tremendamente creíbles, tremendamente humanas. No merecen el olvido y sí una sesión de buen cine…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Hay películas que pueden provocar que se llenen miles de páginas en blanco según la mirada que se pose sobre ellas. Son películas de una riqueza interminable. Y que cada nuevo visionado supone una sorpresa. Esto ocurre con Fanny y Alexander, que fue primero pensada para la televisión e iba a ser emitida en cuatro partes. Sin embargo, se terminó haciendo también una versión reducida para ser proyectada en cines (que es la que siempre he visto). Y en esa reducción hay personajes y situaciones que quedan minimizadas y proporcionan un halo más de fantasía, imaginación y misterio. No todo está masticado… hace falta y es necesaria la mirada y percepción del espectador para disfrutar al máximo esta obra cinematográfica de Bergman.

Fanny y Alexander apela a la representación de un mundo concreto: el de una familia sueca a principios del siglo XX en una pequeña localidad, Uppsala. Es el teatrillo de la vida y como tal tiene unos personajes, una estructura de tres actos, un maravilloso juego de representaciones, y una natural mezcla de lo real, lo fantástico y lo imaginario. Desde el principio observamos la mirada de un niño, Alexander, a un teatrillo infantil… y así observará el mundo que le rodea. Un mundo lleno de descubrimientos, una senda que como si fuera protagonista de un cuento, junto a una Fanny que también observa (y como personaje prácticamente invisible), le llevará por caminos tortuosos llenos de obstáculos. Fanny y Alexander es un cine lleno de referencias culturales, sociales, religiosas y autobiográficas… es un rico cuadro en busca de quién lo analice o interprete o en busca de simplemente el puro disfrute con la mirada.

El universo de Fanny y Alexander es rico en personajes y espacios. Los espacios también cuentan y hablan. Tenemos la casa de la abuela paterna, una actriz viuda, donde empieza un relato navideño que presenta a muchos de los personajes de la trama. Nos presenta a una familia entera burguesa (con todo el personal de servicio femenino donde se encuentra esa niñera coja maravillosa o esa mujer mayor con el nombre de Martha) con un montón de peculiaridades (con sus virtudes y defectos) pero sobre todo con una pasión por vivir. Ahí Fanny y Alexander se sienten queridos y se pueden comportar como niños protegidos que pueden imaginar y fantasear felizmente. La segunda parte transcurre en la casa desnuda y siniestra del pastor (con unos miembros familiares y un servicio igual de siniestro). Y la tercera parte transcurre parte en la casa del comerciante judío (amante de la abuela) que rescata a los niños de las garras del pastor —sólo podía hacerlo a través de la magia— (una casa donde cabe la magia y el misterio, un hogar de transición entre lo real y lo imaginario. Entre el terror y la tranquilidad)… y de vuelta al hogar recargado de la felicidad, la casa de la abuela paterna, donde se sigue viviendo con pasión. Entre estos ‘escenarios’ se encuentran también el teatro familiar y la casa de veraneo, llena de blancura, paz y vida, de la abuela paterna.

Fanny y Alexander se sustenta en el mundo como representación-ilusión por eso la referencia a distintos modos de representación es tan rica: la presencia de viejas fotografías de familiares, pinturas, el teatrillo infantil, el teatro familiar, la linterna mágica, los títeres en la casa del comerciante judio… La vida es sueño y los sueños sueños son. Así Alexander nos cuenta fantásticas historias-cuento. La fantasía, los espectros, entran y salen de una manera natural al igual que los personajes extraños. El fantasma del padre y después del padrastro. La tía enferma del pastor, que es terrorífica como un personaje de cuento tenebroso, Ismael el hermano (o hermafrodita) siempre encarcelado en la casa del comerciante judio. El truco de magia para salvar a los hermanos de las garras del pastor… Los propios protagonistas parecen formar parte de cuentos o novelas. Son personajes. No sabemos cuándo estamos viendo realidad o fábula. La escenificación de la obra de Navidad o el ensayo de Hamlet (el padre de los niños cae enfermo cuando está representando al fantasma de Hamlet) o el canto final a Strindberg cuando la madre de los niños ofrece a la abuela paterna un libreto con la obra de Un sueño… la vida como escenario.

Así la propia película oscila de un alegre cuento navideño (con sus notas oscuras…) y un cuento realmente tenebroso (lo que transcurre en la casa del pastor) o un cuento de fantasía (en la casa del comerciante judío) donde habitan seres humanos y fantasmas. Donde se cumple lo que piensas por muy tenebroso que sea. Donde los niños ven que en el mundo de los adultos puede haber alguien que realmente quiera hacerles daño. Que aprisione su fantasía o sus ganas de ser niño. Que hable del mal y el castigo. De la austeridad. Que no les deje vivir como pequeños. Que hieran a su madre. Que les aislen del mundo… Ese pastor que seguirá molestando a Alexander más allá de la muerte.

En Fanny y Alexander Bergman nos habla de un montón de asuntos que han poblado sus películas (su universo propio) y además crea, como es bastante habitual en su cine, buenos y complejos personajes femeninos. Nos revela su pasión por el teatro, las difíciles relaciones familiares, el amor y las relaciones entre hombres y mujeres, el sexo, el mundo infantil, la religión, la muerte, la vida, los recuerdos, los sueños, los traumas… Todo como si fuera la mirada de un niño. A base de sensaciones. Sin tener toda la información. El espectador tiene que descubrir… incluso hay asuntos que nunca llegara (llegaremos) a entender. Personajes que parece que van a tener relevancia de pronto se disuelven. Apariciones. Como una sinfonía incompleta pero que a la vez forma un conjunto fresco y entero.

Fanny y Alexander es imbuirse en un universo rico, complejo y personal lleno de imágenes de buen cine. Para mirar con ganas de sorprenderse. Con ganas de fantasear. No hace falta entender todo. Fanny y Alexander esconde una y mil lecturas. Probablemente si vuelvo a verla y vuelvo a escribir, saldrá un texto distinto, nuevo, que ha mirado de otra manera… otra capa, otra dimensión, otra representación…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Te regalo un fotograma

para que vivas como quieras.

Y para eso vive sin miedo.

Sin ataduras.

A veces las jaulas las creamos nosotros mismos.

Ya lo dice el abuelo.

… al final todo puede solucionarse tocando tan solo la armónica.

Si quieres bailar, baila.

Si quieres escribir, escribe.

Si quieres amar, ama.

Si quieres inventar, inventa.

Vive como quieras.

¿Utopía o realidad?

Abre la puerta de tu cárcel…

Y vive.

No es fácil.

Ya lo dice el abuelo.

Tendrás miedo.

Al final merecerá la pena…

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Interesante propuesta y acercamiento a la figura de María Antonieta y a los acontecimientos de la Revolución Francesa desde la toma de la Bastilla hasta cuatro días más tarde… en el interior de Versalles. El punto de vista es el de la joven lectora de la reina Maria Antonieta, Sidonie Laborde. La cámara sigue sus andanzas, sentimientos, emociones y vivencias por los aposentos de palacio.

Jacquot parte de que todo el mundo conoce los acontecimientos que se nos narran… la situación del pueblo parisino y los hechos revolucionarios quedan fuera de campo. Lo que vivimos, de una manera minuciosa y documental, es cómo va llegando la información al corazón de Versalles. Ya que Versalles es un microcosmos con vida propia y reglas propias que ha vivido totalmente aislada y ajena a los acontecimientos exteriores…

La reconstrucción de esa vida interior de Versalles fluye a lo largo del metraje. Todo lo vemos desde los ojos de la joven lectora que nos guía. Un personaje complejo, del que se nos dosifica la información de sus orígenes y formación, que se siente alguien y valora su papel en la corte así como una admiración ciega hacia la reina Maria Antonieta y su modo de vida. El espectador tiene una venda en los ojos, como la lectora, e incluso como ella sentimos una estrecha empatía por este personaje histórico que fue María Antonieta (con múltiples e interesantes lecturas. Una de las últimas lecturas cinematográficas fue la que ofreció Sofia Coppola. Interesante programa doble. La María Antonieta de Coppola incide más en la parte trágica de un personaje siempre infeliz que buscó una salida a su insatisfacción en la frivolidad y el aislamiento de la realidad del pueblo entre el que vivía). Pero en la impactante escena final se nos cae una venda (como también se le cae a la protagonista… aunque su reacción no deja de sorprendernos)… y hay una interpretación crítica de esa compleja reina que prefirió encerrarse en su mundo de moda, fiestas, caprichos y comodidades importándole muy poco lo que pudiera ocurrir a su alrededor, y también con muy poca compasión hacia el destino de otras personas…

Así Benoît Jacquot presenta una Maria Antonieta con todas sus virtudes y defectos remarcados. Otro punto que llama la atención es la rigidez de las clases sociales dentro del microcosmos de Versalles y el funcionamiento de los distintos cargos de servicio así como los distintos niveles en la propia clase aristocrática y las formas de comportarse según la función o el papel que se tuviera dentro de la corte. También por supuesto las intrigas palaciegas, los rumores y los amores tienen cábida. Así se refleja la bisexualidad de la reina y su relación con la condesa Gabrielle de Polignac así como el enamoramiento que también siente la joven lectora. Otro personaje femenino que me impresionó bastante es el de Madame Campan, dama de compañía cercana a la reina y la única que muestra cierta humanidad en su comportamiento ante el destino de la propia reina y también de lo que le espera a la joven lectora…

La Revolución Francesa la vivimos fuera de campo pero llegan ecos de la situación desesperada del pueblo y de lo que disparará los futuros acontecimientos. Así es premonitorio un folleto que empieza a pulular por las habitaciones de palacio donde se da una lista de 289 personas a los que hay que cortar la cabeza para poder iniciar las reformas pertinentes… Es curioso cómo vamos viendo las distintas reacciones de las personas cercanas a los reyes (los que huyen, los que al ver la caída tratan de aprovecharse, los que se alejan, los que se suicidan, los que sigue permanenciendo ajenos…) ante los rumores que se convierten en evidencias según van pasando las horas.

Es mi primer acercamiento a la filmografía de Benoît Jacquot que destacó hace poco por Villa Amalia, que no pude ver, pero que tiene toda una filmografía pasada. Y el acercamiento ha sido grato e interesante. No sólo por la puesta en escena, el punto de vista y su mirada sino también por el tratamiento de los personajes femeninos representados por Diane Kruger (María Antonieta), Léa Seydoux (la joven lectora), Virginie Ledoyen (Gabrielle de Polignac) o Noémie Lvovsky (Madame Campan). Adiós a la reina es la adaptación cinematográfica de una novela del mismo título de Chantal Thomas.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Hayden es el rostro de un hombre duro. Como un Robert Mitchum. Como un Dan Duryea. Como un Dana Andrews… Vamos, tipos duros que no te los imaginas en comedia (pero todos tienen alguna que otra comedia en sus carreras y no salen mal parados en su labor de comediantes). Hayden es de esos que además de actor, de meterse en la piel de otros personajes, tienen una vida digna de ‘héroe cinematográfico’, de hombre aventurero. Su vida es como una película intensa en emociones. Hombre hermoso lleno de matices. Me queda muchísimo por descubrir en su filmografía… pero lo que conozco me permite hacer una pequeña radiografía de ‘antihéroe desencantado’, el ‘hombre desquiciado y sin escrúpulos’ o el ‘hombre roto que tiró sus ideales’… Era de esos hombres duros que no necesitaban una pose, ya lo eran por naturaleza.

Seis son las películas por las que Hayden es más recordado. Saltó a la fama definitivamente con una película de John Huston, puro cine negro, cine de perdedores… esas personalidades características de las películas de Huston. Un grupo de ladrones perpetrando el robo perfecto hasta que todo se va torciendo irremediablemente… La jungla de asfalto, 1950. Qué ganas de volver a saborearla.

El forajido, el hombre del oeste con un pasado, el hombre solitario que llega con una guitarra pero sabe empuñar una pistola… El hombre que vuelve reencontrarse con su amor y entonces se produce entre ellos conversación amorosa inolvidable. Johnny Guitar, 1954… película rodada por otro especialista en perdedores. Por otro de vida apasionante (como Huston…, como Hayden), Nicholas Ray.

Dos años más tarde se encuentra con Stanley Kubrick, otro director de filmografía apasionante. Y nos deja otra película de perdedores con intento de atraco perfecto que se desmorona… y ahí está Hayden con otro papel de perdedor de cine negro, duro, y un montón de billetes que caen de un maletín abierto… preconizando su destino oscuro. No es otra que una joya como: Atraco perfecto.

En 1964 con el mismo director protagoniza sátira política-militar en tiempos de la guerra fría. Hayden se transforma en personaje caricaturesco y lo hace genial. Militar que roza la demencia con ideas extremas… Nadie le para en sus absurdas obsesiones contra el comunismo. Me refiero a ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú.

Sigue ahondando en papeles de pérfido y esta vez es un policía corrupto en esa maravilla que es El Padrino, 1972. Uno de los personajes que encenderán la mecha de la ganas de venganza que nacen en Michael para no dejar de crecer en la trilogía. Su muerte en el restaurante se ha convertido en una de esas escenas clave.

Y en 1976 vomita dureza y entereza en Novecento, el abuelo de Olmo, el campesino con conciencia de clase, comunista, en contraposición con otro abuelo en el papel de patrón con cara de Burt Lancaster.

Sterling Hayden fue un ‘héroe duro’ pero no de cartón sino de manera natural. Desde sus entrañas. En la vida real desde los 17 años se convirtió en aventurero… amaba el mar. Durante la Segunda Guerra Mundial su admiración por los partisanos hizo que militara durante unos años en el Partido Comunista en los EEUU. Fue uno de los actores en la lista negra de la Caza de Brujas… y en un momento dado dio nombres para poder seguir su carrera cinematográfica… acto del cual se arrepintió profundamente y nunca se sintió a gusto con su comportamiento en esos tiempos. Arrastró siempre su desencanto… quizá se olvidaba de todo surcando los mares. O convirtiéndose en otros personajes para la gran pantalla blanca y la sala oscura.

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