Te regalo un fotograma

y te cuento una historia de amor.

Corre, Forrest, corre.

Ésa fue la frase que le repetía Jenny a Forrest desde que eran niños.

Corre.

Y ambos corrieron.

Su vida, sus recuerdos.

A Jenny la conocemos a través de los ojos y memoria de Forrest.

Forrest siempre estuvo ahí. Y siempre la tuvo a ella en el pensamiento.

La escribía cartas desde Vietnam.

Ponía su nombre a un barco.

Siempre estaba presente.

Su vida en común fueron encuentros y desencuentros.

Lo que Forrest recordaba de su primera aventura escolar fue oír por primera vez la dulce voz de Jenny en el autobús.

Ella se sentía excluida.

Siempre se sintió fuera.

Siempre la hicieron daño y siempre sintió miedo al abismo… pero sentía que iba irremediablemente hacia él.

Por eso quiso a Forrest.

Porque también estaba fuera. Excluido.

Y le quiso porque sabía que era la única persona que nunca la haría daño.

Y porque los dos estarían siempre subidos a la rama de un árbol.

Y porque para Forrest siempre sería especial.

Y porque Forrest la querría sobre todas las cosas.

… Y ella a él.

… De alguna manera ella sabía que ya podía caer en las profundidades para huir del dolor… que siempre podría acudir a un Forrest que la amaba.

Y Forrest la esperó hasta que se convirtió en la mujer no ausente.

Y Jenny, por fin, se dejó cuidar.

Y se dejó querer.

Pero Jenny enfermó y se marchó…

Su tumba está bajo su árbol de la infancia.

Forrest va a visitarla.

Habla con ella.

Deposita dibujos y cartas secretas del hijo que tuvieron juntos.

Y se despide siempre con la misma frase:

“Si necesitas algo, no estaré muy lejos”.

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