Hay películas que pueden provocar que se llenen miles de páginas en blanco según la mirada que se pose sobre ellas. Son películas de una riqueza interminable. Y que cada nuevo visionado supone una sorpresa. Esto ocurre con Fanny y Alexander, que fue primero pensada para la televisión e iba a ser emitida en cuatro partes. Sin embargo, se terminó haciendo también una versión reducida para ser proyectada en cines (que es la que siempre he visto). Y en esa reducción hay personajes y situaciones que quedan minimizadas y proporcionan un halo más de fantasía, imaginación y misterio. No todo está masticado… hace falta y es necesaria la mirada y percepción del espectador para disfrutar al máximo esta obra cinematográfica de Bergman.

Fanny y Alexander apela a la representación de un mundo concreto: el de una familia sueca a principios del siglo XX en una pequeña localidad, Uppsala. Es el teatrillo de la vida y como tal tiene unos personajes, una estructura de tres actos, un maravilloso juego de representaciones, y una natural mezcla de lo real, lo fantástico y lo imaginario. Desde el principio observamos la mirada de un niño, Alexander, a un teatrillo infantil… y así observará el mundo que le rodea. Un mundo lleno de descubrimientos, una senda que como si fuera protagonista de un cuento, junto a una Fanny que también observa (y como personaje prácticamente invisible), le llevará por caminos tortuosos llenos de obstáculos. Fanny y Alexander es un cine lleno de referencias culturales, sociales, religiosas y autobiográficas… es un rico cuadro en busca de quién lo analice o interprete o en busca de simplemente el puro disfrute con la mirada.

El universo de Fanny y Alexander es rico en personajes y espacios. Los espacios también cuentan y hablan. Tenemos la casa de la abuela paterna, una actriz viuda, donde empieza un relato navideño que presenta a muchos de los personajes de la trama. Nos presenta a una familia entera burguesa (con todo el personal de servicio femenino donde se encuentra esa niñera coja maravillosa o esa mujer mayor con el nombre de Martha) con un montón de peculiaridades (con sus virtudes y defectos) pero sobre todo con una pasión por vivir. Ahí Fanny y Alexander se sienten queridos y se pueden comportar como niños protegidos que pueden imaginar y fantasear felizmente. La segunda parte transcurre en la casa desnuda y siniestra del pastor (con unos miembros familiares y un servicio igual de siniestro). Y la tercera parte transcurre parte en la casa del comerciante judío (amante de la abuela) que rescata a los niños de las garras del pastor —sólo podía hacerlo a través de la magia— (una casa donde cabe la magia y el misterio, un hogar de transición entre lo real y lo imaginario. Entre el terror y la tranquilidad)… y de vuelta al hogar recargado de la felicidad, la casa de la abuela paterna, donde se sigue viviendo con pasión. Entre estos ‘escenarios’ se encuentran también el teatro familiar y la casa de veraneo, llena de blancura, paz y vida, de la abuela paterna.

Fanny y Alexander se sustenta en el mundo como representación-ilusión por eso la referencia a distintos modos de representación es tan rica: la presencia de viejas fotografías de familiares, pinturas, el teatrillo infantil, el teatro familiar, la linterna mágica, los títeres en la casa del comerciante judio… La vida es sueño y los sueños sueños son. Así Alexander nos cuenta fantásticas historias-cuento. La fantasía, los espectros, entran y salen de una manera natural al igual que los personajes extraños. El fantasma del padre y después del padrastro. La tía enferma del pastor, que es terrorífica como un personaje de cuento tenebroso, Ismael el hermano (o hermafrodita) siempre encarcelado en la casa del comerciante judio. El truco de magia para salvar a los hermanos de las garras del pastor… Los propios protagonistas parecen formar parte de cuentos o novelas. Son personajes. No sabemos cuándo estamos viendo realidad o fábula. La escenificación de la obra de Navidad o el ensayo de Hamlet (el padre de los niños cae enfermo cuando está representando al fantasma de Hamlet) o el canto final a Strindberg cuando la madre de los niños ofrece a la abuela paterna un libreto con la obra de Un sueño… la vida como escenario.

Así la propia película oscila de un alegre cuento navideño (con sus notas oscuras…) y un cuento realmente tenebroso (lo que transcurre en la casa del pastor) o un cuento de fantasía (en la casa del comerciante judío) donde habitan seres humanos y fantasmas. Donde se cumple lo que piensas por muy tenebroso que sea. Donde los niños ven que en el mundo de los adultos puede haber alguien que realmente quiera hacerles daño. Que aprisione su fantasía o sus ganas de ser niño. Que hable del mal y el castigo. De la austeridad. Que no les deje vivir como pequeños. Que hieran a su madre. Que les aislen del mundo… Ese pastor que seguirá molestando a Alexander más allá de la muerte.

En Fanny y Alexander Bergman nos habla de un montón de asuntos que han poblado sus películas (su universo propio) y además crea, como es bastante habitual en su cine, buenos y complejos personajes femeninos. Nos revela su pasión por el teatro, las difíciles relaciones familiares, el amor y las relaciones entre hombres y mujeres, el sexo, el mundo infantil, la religión, la muerte, la vida, los recuerdos, los sueños, los traumas… Todo como si fuera la mirada de un niño. A base de sensaciones. Sin tener toda la información. El espectador tiene que descubrir… incluso hay asuntos que nunca llegara (llegaremos) a entender. Personajes que parece que van a tener relevancia de pronto se disuelven. Apariciones. Como una sinfonía incompleta pero que a la vez forma un conjunto fresco y entero.

Fanny y Alexander es imbuirse en un universo rico, complejo y personal lleno de imágenes de buen cine. Para mirar con ganas de sorprenderse. Con ganas de fantasear. No hace falta entender todo. Fanny y Alexander esconde una y mil lecturas. Probablemente si vuelvo a verla y vuelvo a escribir, saldrá un texto distinto, nuevo, que ha mirado de otra manera… otra capa, otra dimensión, otra representación…

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