Sí, señoras y señores, Shanghai cuenta con una frase clave que no se convertirá en clásico de la memoria cinéfila porque quizá no sea de esas películas que el público vaya a ver masivamente. Y esa frase es: “El corazón no es neutral”. Y ahí, les aseguro, ya tenemos una historia. Shanghai es de esas obras cinematográficas donde los espectadores salen y dicen: ésta es una película de las de antes, una película clásica. Y ¿qué quieren decir esos términos? Trataré de explicarme a lo largo de una retahíla de palabras.

Si me dijeran que redactara una sinopsis. No me centraría en todos estos ingredientes que sí contiene: espionaje, intriga, thriller, años cuarenta, Segunda Guerra Mundial, drama… No. Hablaría de una ciudad multicultural y lejana donde por una serie de circunstancias coinciden tres hombres románticos: uno, el espía americano (y el narrador en primera persona de esta historia, con el rostro de John Cusack); dos, el militar japonés (Ken Watanabe) y tres; el mafioso chino (Chow Yun-Fat)… Los tres tienen objetivos y cometidos distintos en sus vidas pero sólo coinciden en un punto: son de naturaleza romántica y aman profundamente a las mujeres que significan algo para ellos. Los tres coinciden en un momento crucial de la historia en Shanghai meses antes del ataque a Pearl Harbor (y por lo tanto antes de la intervención de EEUU en la Segunda Guerra Mundial). Mucho tiene que ver en su encuentro el romanticismo exacerbado de un personaje ausente (Jeffrey Dean Morgan), el amigo del espía americano, que se convierte en el detonante del conflicto… y también hombre enamorado.

Las dos damas que organizan tal revuelo entre hombres tan diferentes tienen la fisonomía de mujer fatal pero ambas poseen un espíritu comprometido y un corazón entregado y sufriente: una es la esposa del mafioso chino (Gong Li) y la otra aparece como una víctima (Rinko Kikuchi)… pero lo que nos dejan claro en Shanghai, desde el principio, es que nada es blanco o negro… sino que existen distintos tonos y matices.

El director sueco Mikael Hafström ejecuta una película en un estilo clásico con un guion que narra bien una historia con una galería de estrellas norteamericanas, chinas, japonesas y otras nacionalidades (como la alemana Franka Potente). Y a qué me refiero con estilo clásico: a un uso correcto del lenguaje cinematográfico y puesta en escena, a una buena presentación de personajes (y unas actuaciones correctas), bonita y llamativa ambientación (incluyendo locales, calles, viviendas, vestuario, peinados…) y una adecuada banda sonora. Shanghai (ni ofrece más ni ofrece menos) es lo que pretende, una historia de las de antes, con suspense, espías, enfrentamientos y romanticismos exacerbados en periodo de guerra. Y todo enmarcado en una ciudad exótica. Así pasaba en Casablanca, así pasaba en El expreso de Shanghai, así pasaba en Árgel… o hace relativamente poco en El paciente inglés.

Sus recursos cinematográficos ya nos suenan o bien del cine de espías o algunos prestados del cine negro (no innova en nada Shanghai ni es ésa su intención): voz en off del espía americano desencantado, mejor amigo del espía (un tipo heróico, noble y romántico) asesinado, largo flash back para explicarte el origen de toda esta historia, investigación y peligro por parte del protagonista, enfrentamiento entre personajes antagónicos pero unidos por un rasgo de su personalidad (espía, militar japonés, mafioso chino), distintos grados de suspense, bellas y misteriosas damas fuente de desvelos de los protagonistas masculinos, acción, muerte… y mucho, mucho romanticismo.

Shanghai es una película para ver en una tarde de otoño (de esas que no hace ni frío ni calor donde los colores de la calle ofrecen distintos matices…) y salir con una sonrisa en los labios porque lo has pasado bien. No pretende ni más ni menos.

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