Samuel Fuller tiene la capacidad de dejarme KO, fuera de juego. Samuel Fuller siempre logra removerme, inquietarme. Todavía me queda mucha filmografía por ver pero lo que voy descubriendo me va dando certeros puñetazos. En algunos momentos me deja en estado de shock. Casi siempre me descoloca. Y eso me ha pasado en Una luz en el hampa, una traducción del título a mi parecer desacertada (queriendo realizar una especie de metáfora con el papel de la protagonista, Kelly) y quitando la nota de inquietud que esconde su título original.

Me ha impactado entre otras causas porque desconocía absolutamente a la obra que me acercaba. Tan sólo sabía que la protagonista era Constance Towers (con la que ya había trabajado en el Corredor sin retorno) y que era uno de los trabajos donde Fuller contó con libertad creativa porque la hizo prácticamente con sus propios medios (como autor independiente). Nada conocía de su argumento, sólo que su protagonista era una prostituta.

Samuel Fuller te atrapa desde la primera escena presentando a su personaje, Kelly, de la manera más impactante, violenta y brutal posible… ya ante los títulos de crédito te quedas de piedra (escena que no quiero desvelar para no quitar el efecto sorpresa a futuros espectadores que como yo se sentirán alucinados desde el primer momento). Lo que no te esperas es que después de una presentación tan brutal de un personaje que parece que va a protagonizar un thriller duro o puro cine negro te veas hundido en el melodrama más exacerbado y barroco con escenas culminantes de emoción exaltada y rozando siempre la virguería visual. Y después un regreso ligero al cine de investigación policial más convencional aunque con una continuidad en soluciones visuales que atrapan.

Una luz en el hampa es de esas películas que irremediablemente no se olvidan. Dentro del melodrama forma parte de un esquema narrativo que siempre funciona: la tranquila localidad norteamericana de carácter idílico en la que sólo hace falta rascar un poco para encontrar toda la podredumbre que la corroe. Así descubrimos las luces y sombras de los personajes más representativos de la trama que guardan la doble moral y la hipocresía reinante. Por eso Fuller golpea porque nos ’engaña’ sobre una posible redención de la prostituta que decide rehacer su vida en idílico lugar… y nos muestra la imposibilidad de redención en un mundo que la hunde de nuevo en el ostracismo. Así Fuller va dando giros de trama que nos van hundiendo más y más en el fondo de la butaca… y sin embargo a Kelly la mantiene intacta, siempre en pie a pesar de las bofetadas continuas que recibe.

Y la película constantemente inquieta. Ofrece momentos de relativa paz e idilio pero siempre con una nota inquietante que nos hace estar en un estado continuo de incomodidad. Impresionante es esa escena en el hospital donde trabaja la exprostituta como enfermera de niños con discapacidad física. Es una escena como un paréntesis emotivo y musical (Constance Towers siempre quiso se cantante y actuó posteriormente en varios musicales exitosos en Broadway) que desconcierta absolutamente al espectador. Los niños discapacitados físicos se encuentran perfectamente distribuidos en una habitación y a base de primeros planos van ejecutando una melancólica canción (Tell me please), de pronto, ante los rostros de las demás enfermeras y el prometido de la exprostituta (el millonario que realiza obras de caridad de la localidad) que está grabando esta sesión, Kelly va pasando entre cada uno de los niños cantando también la triste melodía. No sabes el qué es pero toda la escena te incomoda. Y además la canción melancólica y triste toma un cariz terrorífico cuando vuelve a repetirse de nuevo (pues ha sido grabada) en la casa del millonario. Es un día en el que Kelly entra entusiasmada en el que será su futuro hogar con su traje de novia en una caja… de fondo está la angelical pieza musical… Y entonces es cuando Kelly ve algo que rompe de nuevo con la narración que estábamos contemplando y nos golpea de manera brutal, como a la protagonista, en la cara.

Es increíble el juego que realiza Fuller (creador también del guion) con cada uno de los personajes. En todos hay luces pero sobre todo unas sombras que pesan como losas. Unas losas que todo lo ensucian. Sombras alargadas como las que porta Kelly, el personaje más transparente, pero también con unas sombras inquietantes (sufre varios momentos de una violencia inesperada que siempre nos pillan con brutal sorpresa). Kelly no puede huir de su pasado no tanto por ella como porque la podredumbre está anclada en cualquier sociedad que se quiere mostrar idílica… y esa podredumbre arrastra a todos a Kelly incluida. Samuel Fuller nos lleva de la mano a la historia de un ‘ángel’ redimido y nos golpea con la imposibilidad de esa redención en un mundo lleno de lodo e hipocresías sociales. Todos los personajes, incluso los niños, muestran notas discordantes, desde el policía machista e hipócrita (que rechaza continuamente a Kelly por lo que fue aunque se siente atraído por ella desde el primer instante en que la ve) hasta la anciana que alquila su habitación y le cuenta una historia de amor imposible y le recita un poema-oración alrededor de su cama.

Samuel Fuller, con el director de fotografía Stanley Cortez (presente en El cuarto mandamiento de Orson Welles o en La noche del cazador de Charles Laughton), crea momentos de puro cine para expresar momentos entre el idilio y la pesadilla e inquietud. Otro momento culminante (la película, la verdad, está lleno de ellos) es cuando el millonario de la localidad finalmente se entrega a la protagonista. Él le propone a ella, mientras comparten gustos culturales, un viaje por Venecia. Y entonces le proyecta una película de uno de sus viajes a dicha ciudad. Y la dice que imagine a un gondolero cantando. Kelly entra en estado de éxtasis y nos hace entrar a todos en su estado. Todo el idilio y el éxtasis… es cortado de golpe por el primer beso entre los futuros enamorados… pero Kelly sonríe confiada (ha salido un momento de la ensoñación) y vuelve a rodear en sus brazos al enamorado. Regresa a Venecia.

Sólo me queda decir que es de esas obras ocultas que merecen ser vistas cuanto antes. Merecen ser descubiertas. Porque sorprenden, remueven y golpean… Voy saliendo, aunque me cuesta, de mi estado de shock.

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