Un alumno, ahora pianista de renombre, escribe a sus viejos profesores de música clásica una nota en la que dice que visitarles ha sido entre bello y triste. Así se describe perfectamente la sensación que le queda al espectador tras ver Amor de Michael Haneke. Amor no plantea una historia ni fácil ni sencilla. Pero habla de temas que siempre se quieren evitar o silenciar y sin embargo forman parte de lo cotidiano, del día a día. Temas que se quieren encerrar entre cuatro paredes. ¿Cómo morir con dignidad? ¿Cómo acompañar al ser querido hacia la muerte? ¿Cómo vivir el deteriodo que supone una enfermedad que avanza…? ¿Cómo enfrentarse a ello?… No son preguntas con una sola respuesta. Y Haneke lo sabe. Y cualquier respuesta, duele.

Ya se lo dice George (sublime Jean Louis-Trintignant) a su hija (Isabelle Huppert), no le vale de nada su preocupación a distancia. Ni sus reproches. ¿De qué le sirven en su lucha diaria para mantenerse intacto junto a Anne (maravillosa y trágica Emmanuelle Riva…)? ¿Qué es lo que propone? ¿Tiene alguna solución a mano para evitar el deteriodo y el sufrimiento? ¿Sabe enfrentarse a ello? ¿Puede evitar la soledad? Parece que también se está dirigiendo a los espectadores.

George, un ‘monstruo sensible’ que es buena persona como dice su Anne, es un gran contador de historias. Y él nos guía por esta historia dura y sin concesiones, directa. Es tan lacerante y real ese bisturí de Haneke que retuerce las entrañas, que plantea preguntas difíciles sobre el amor, la enfermedad, la vejez y la muerte…

Michael Haneke nos deja un único final posible para George y Anne… tal y como lo haría un sensible contador de historias que no puede más con el dolor de sus protagonistas. El final es el que es, lo sabemos desde el principio, pero el director cruza el umbral… y nos hace ver, de manera sencilla y hermosa, que puede que la vida y la muerte estén más cerca de lo que creemos…

Para enfrentarse a Amor, hay que escuchar atentamente a un George que no para de contar historias. Le cuenta a su esposa que sufre y delira, mientras acaricia su mano con una ternura que desarma, que recuerda cómo su madre le decía que si se encontraba bien en un campamento de verano que pintase en la postal un ramo de flores y que si se sentía mal pintase estrellas… Y eso es lo que pasa con Amor es una película repleta de estrellas porque el espectador se siente mal ante lo que ve contado con un pulso firme entre un realismo atroz y una sensibilidad que no se regodea en lo amargo, sino que muestra una realidad terriblemente cercana.

Y todo esto nos lo cuenta Haneke de una manera sublime. Desde la presentación de los personajes en esa sala de conciertos, son dos personas más entre un público entregado a una pasión: la música; hasta la manera de recorrer las habitaciones de la casa donde viven o el empleo de los sonidos para narrarnos algo más. Lo que nos deja intuir, lo que nos deja ver, lo que se oculta tras las puertas… El detalle. La cotidianidad de esos dos personajes que van imparables hacia el abismo… Y no hay remedio alguno. La presencia de lo onírico que choca con la soledad brutal de unas paredes que encierran dos historias que se apagan, que agonizan.

De nuevo George-Haneke cuenta una historia… y dice que una vez vio una película de la cual ya no se acuerda de su argumento ni quién estaba en ella… pero sí recuerda totalmente lo que sintió ante esa película, lo que le hizo llorar. Y, es cierto, creo que Amor se quedará presente en el inconsciente del espectador que recordará lo que sintió mientras habitaba en la casa de George y Anna… Una melodía interrumpida. Y también será difícil olvidar los rostros y las miradas de dos actores que traspasan el umbral (y vuelan más allá de la pantalla blanca), Jean Louis-Trintignant y Emmanuelle Riva.

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