Me estoy refiriendo a una de las películas que desde la primera vez que la vi –y desde la aparición del dvd ya son interminables las veces que he disfrutado de ella– me marcó. Y no sabría decir el porqué pero siempre me emociona igual y siempre descubro nuevas lecturas… No os entretengo más… Me refiero a La ley del silencio (1954) de Elia Kazan. 

Quizá un primer acercamiento tuvo que ver con mi fascinación durante una época por Marlon Brando, como actor y como uno de los hombres –para mí– más bellos, pero después amé la película, todo su proceso, su contenido, sus interpretaciones, el trabajo de los demás actores (Karl Malden, Eva Marie Saint, Lee J. Cobb, Rod Steiger…) la fuerza de la historia y de sus imágenes, la forma de rodarla, la música que envuelve la acción, los diálogos… todo. 

La historia de los puertos, de los hombres que día a día tienen que encontrar un trabajo y someterse a un grupo de gangster que ostenta el poder, la ley del silencio, el miedo a hablar, a salir de una situación injusta, el retrato complejo de un hombre confuso y fracasado, la historia de una relación entre un hombre y una mujer, la lucha de varios sectores para que esa ley inquebrantable termine, los poderes ocultos, la formación de un sindicato, la relación entre hermanos, entre padre e hija, la presencia de una Iglesia –que poco aparece en el cine– que trabaja en la base y se aleja de la estructura de poder de la Iglesia convencional… 

La historia que se lee detrás de un hombre que delata a los suyos. No olvidemos que Kazan pudo emplear esta historia para explicar su actuación frente el Comité de Actividades Antiamericanas. El director de origen griego fue uno de los hombres que denunció y dio nombres de compañeros de partido –él siempre cuenta que no dio ningún nombre que no conociera ya el comité y que avisó a todos los compañeros que nombró de lo que iba a hacer–. Su actuación le sirvió para seguir trabajando en lo que más amaba, la dirección de películas, pero nunca fue perdonado por sus compañeros de profesión ni por la parte más progresista de Hollywood, siempre arrastró esta actuación de su pasado. 

La ley del silencio cobra todo su sentido gracias al trabajo no sólo de su director y actores, sino de otros profesionales como Budd Schulberg (guión), Leonard Bernstein (música) o Boris Kaufman (fotografía). 

La secuencia: Terry Malone, el joven confuso que piensa denunciar ante la justicia a la pandilla de su hermano, sube a un coche donde se encuentra con él. Charley acaba de recibir un ultimátum del jefe de ambos, Johnny, para el que trabajan desde que eran sólo unos niños. Tiene que convencer a Terry de que vuelva con ellos, de que vuelva al redil y no les denuncie. 

La emoción contenida de esta escena es absolutamente electrizante. En unos cuantos minutos conocemos la historia y la relación entre estos dos hermanos. Los reproches, el amor y admiración que se profesan. Entendemos el fracaso de Terry como boxeador y su forma de ser, entendemos la difícil situación en la que se encuentra Charley porque realmente quiere a su hermano pequeño y quiere lo mejor para él. Charley entiende que han emprendido caminos distintos y asume la culpa de que su hermano es un fracaso por una actuación suya del pasado. Quiere dar la oportunidad a Terry de ser feliz, de llevar las riendas de su vida, de que sea libre…, decide –en un segundo– sacrificar su vida de dinero y de poder por salvar a su hermano. Terry, por su parte, recorre su vida y es consciente de cómo malgasta su tiempo, de cómo se regodea en su fracaso, expone su deseo de ser alguien, de hacer algo bien, por una vez, toma conciencia… 

Marlon Brando y Rod Steiger hacen que sus personajes cobren vida y logran contar toda una historia con un diálogo genial y unas actuaciones contenidas y soberbias.